Homilia para la Fiesta del Corpus Christi
“Jesús se hace frágil como el pan que se rompe y se desmigaja. Pero precisamente ahí radica su fuerza, en su fragilidad. En la Eucaristía la fragilidad es fuerza: fuerza del amor que se hace pequeño para ser acogido y no temido; fuerza del amor que se parte y se divide para alimentar y dar vida; fuerza del amor que se fragmenta para reunirnos todos nosotros en la unidad”. (Francisco)
En la primera lectura del libro del éxodo vemos al pueblo construir un altar de manos humanas para ofrecer un sacrificio, una Alianza, la antigua alianza. El pueblo selló una Alianza con cláusulas, con normas establecidas. Hoy Cristo ofrece su propio cuerpo como altar, él entra en la nueva Alianza no por la sangre de chivos y toros sino por su propia sangre, Cristo toma la iniciativa, él se mete en el medio, como mediador entre Dios y los Hombres. Cristo en su fragilidad entregada, donada en la cruz nos muestra la infinita grandeza de su fuerza y misericordia.
Cuando hablamos de cuerpo estamos diciendo toda su vida, cada vez que comemos el cuerpo de Jesús estamos recibiendo toda su vida que entra en una profunda intimidad con cada uno de nosotros. Él elige para este momento la intimidad de sus amigos, los discípulos, podría haberlo realizado con las multitudes, pero prefiere el momento de la intimidad, del encuentro personal con Él, la cena de la fraternidad.
¡Qué importante que cada Eucaristía en nuestra vida sea un momento de intimidad con Jesús, ya que él tomó la iniciativa y nos invitó al banquete!La nueva Alianza es la que sella Jesús en la Cruz y entra en nuestros corazones. En cada Eucaristía subimos al monte santo de la Alianza a renovar nuestro compromiso de amor y donación con nuestros hermanos.
Entramos en la intimidad de la cruz redentora del Señor. Durante la consagración, nosotros ministros decimos que la sangre se derrama por nosotros, seguramente que aquí no estamos todos por los que Jesús derramó su sangre, pero quienes no están también son invitados al banquete porque Jesús también lo hizo por amor a ellos, por todos.
Quiero terminar con un cita de San Ambrosio, uno de los grandes santos y doctores de la Iglesia. En una de sus obras expresa en referencia a la Eucaristía:
«Tengo que recibirle siempre, para que siempre perdone mis pecados. Si peco continuamente, he de tener siempre un remedio».
¡Qué hermoso es saber que al recibir a Jesús nos unimos a su entrega salvadora, a su misericordia.
Nos acercamos no porque seamos perfectos sino porque nos reconocemos pecadores y necesitamos de su intimidad para sanar nuestras heridas. Francisco en su primera exhortación acerca de la alegría del Evangelio en el número 41 manifiesta:
“La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles”.María nuestra Madre, que estuvo a los pies de la cruz salvadora de su Hijo, nos enseñe cada día a entrar en intimidad con él en cada Eucaristía.
P. Leonardo Silio


